Mirar las estrellas: un descanso para la vista, una chispa para la curiosidad y un regalo para el sistema nervioso
Imagen de Gemini
Crecí en el Valle
de los Chillos cuando apenas comenzaba a poblarse, y con frecuencia salía con mi hermano a ver estrellas en las
noches. Pasamos mucho tiempo mirando distintas constelaciones, viendo estrellas
fugaces, y sorprendiéndonos de cuando en cuando con algún satélite. Con la
construcción del San Luis Shopping llegó el progreso, pero se fue el cielo
estrellado. Ya no servía de nada sacar una cobija; la contaminación de luz nos
apagó el show. Alguna que otra vez nos fuimos a buscar perseidas por las
calles rurales atrás del Club Los Chillos, y valió la pena. Las hemos visto
desde la casa de Pintag. Hace dos años intentamos verlas desde el Cotopaxi pero
se nubló. Este año, mi plan cumpleañero es irnos de glamping. Mi hija es
grande, tiene casi 10 años, y quiero que sienta la misma emoción, el mismo asombro
y la misma paz que siento yo cuando miro al cielo y se pueden ver las
perseidas.
¿Qué son las Perseidas?
Las Perseidas
son una lluvia de meteoros que ocurre todos los años cuando la Tierra atraviesa
el rastro de polvo y fragmentos que dejó el cometa 109P/Swift-Tuttle en sus
pasadas órbitas. Al entrar en la atmósfera a gran velocidad (alrededor de 59
km/s), esos granitos de polvo se desintegran y producen las “estrellas fugaces”
que vemos. Se llaman Perseidas porque parecen surgir desde la constelación de
Perseo (el “radiante”), aunque en realidad las trayectorias son paralelas y el
efecto es de perspectiva.
El máximo de
actividad se espera en la noche del 12 al 13 de agosto de 2026. Gracias
a la luna nueva de ese día, el cielo estará especialmente oscuro: no habrá luz
lunar interfiriendo. En condiciones ideales se pueden ver decenas de meteoros
por hora (la tasa zenital teórica llega a cerca de 100, aunque lo realista
desde un sitio con algo de contaminación lumínica es menos). La mejor ventana
suele ser después de medianoche y hacia la madrugada, cuando el radiante está
más alto. Desde la zona de Quito y Cumbayá, si nos alejamos un poco de las
luces más fuertes, la oportunidad es buena.
Qué le hace al cerebro y al cuerpo mirar al cielo
El amor por
el cielo nocturno (o noctcaelador, como lo llamó el psicólogo William Kelly en
2003) se asocia con mejor estado de ánimo y bienestar. Estudios más
recientes, como el de Chris Barnes de la Universidad de Derby (2024), muestran
que las personas con mayor conexión al cielo nocturno reportan mejor salud
mental y más felicidad, de forma independiente a la conexión general con la
naturaleza.
La emoción de
asombro que produce mirar un cielo estrellado o una lluvia de meteoros tiene
efectos medibles. Investigaciones lideradas por Dacher Keltner y colaboradores
han documentado que el asombro reduce el foco excesivo en el yo, baja
marcadores de estrés, favorece conductas más prosociales y aumenta la sensación
de significado. También se ha visto que puede disminuir la rumiación y
ayudar a recuperar la atención cansada.
Un estudio
japonés de 2025 en planetario (Horiuchi y equipo) encontró que las imágenes de
cielos nocturnos oscuros reducían la concentración de hemoglobina oxigenada en
la corteza prefrontal derecha (un marcador fisiológico asociado a menor
activación de estrés) y aumentaban las valoraciones subjetivas de
“sanación” o calma, en comparación con cielos más brillantes o contaminados por
luz.
Además, mirar
a lo lejos —estrellas que están a años luz— le da un descanso real a los
músculos oculares acostumbrados a enfocarse a 30-50 cm de una pantalla. Es
una forma sencilla de reseteo visual y atencional.
Y está la curiosidad
científica. Cuando un niño o una niña de 9-10 años ve una estrella fugaz y
pregunta “¿de dónde viene?”, “¿cuánto tarda en llegar?” o “¿por qué se llama
Perseo?”, se abre una puerta. Las investigaciones sobre noctcaelador y
experiencias tempranas con el cielo muestran que quienes se enamoran de las
estrellas en la infancia suelen mantener esa afinidad y sus beneficios de
bienestar a lo largo de la vida.
Una invitación sencilla
No hace falta
telescopio ni equipo sofisticado. Solo un lugar lo más oscuro posible (aunque
sea el patio o la casa de la tía que vive lejísimos), una manta, quizás un
termo con algo caliente, y la disposición de quedarse un rato viendo hacia
arriba. Si mi hija se duerme a mitad de la lluvia, perfecto. Si se emociona y
quiere saber más sobre el cometa o las constelaciones, también. El objetivo no
es ver muchas, aunque la oportunidad es especialmente buena. Es estar ahí,
soltar un poco la tensión del día y dejar que el universo haga su trabajo
silencioso: recordarnos que somos pequeños, que el tiempo es largo y que todavía
hay cosas por descubrir.
Como
psicóloga clínica en Cumbayá, veo a diario cómo el sistema nervioso se
beneficia de experiencias que combinan descanso real, conexión y un poco de
asombro. A veces la terapia empieza con herramientas internas. Otras veces
empieza simplemente con mirar hacia arriba y recordar que el cielo sigue ahí,
aunque a veces las luces de la ciudad lo escondan.
Si este 12 de
agosto puedes salir un rato con tus hijos, con tu pareja o solo, hazlo. Que
descansen los ojos. Que se encienda la curiosidad. Y que, aunque sea por una
noche, vuelvas a sentir un poco de ese cielo que alguna vez tuvimos tan cerca.