Atrevernos a fracasar: el rol del hobby
Nos pasamos la vida esperando el momento perfecto para
hacer lo que realmente nos gusta: cuando estemos más flacos, más libres, más
hábiles, cuando tengamos más tiempo, más plata, menos vergüenza. Pero ese
momento casi nunca llega. Y mientras tanto, nos quedamos sin hacer nada de lo
que de verdad nos mueve.
A mí, por ejemplo, me gusta el Jiu-Jitsu. No soy
buena, para nada. Tengo 46 años, el cuerpo ya no responde igual que a los 20,
me salen moretones que duran una eternidad y una buena botada me da ganas de
llorar. Mi último profe se fue a dar clases en otro país, y desde entonces he
dejado los uniformes olvidados en el closet. Hace poco, el estrés, las
presiones de la vida y las crisis correspondientes me llevaron a buscar una
academia. ¿Será? Qué papelón. No he rodado hace años. Y es caro. Pero está
cerca de mi casa... He pensado en retomarlo, y he tenido un monólogo interior
ambivalente, diciendo, no, para qué, si eres malísima, mejor prioriza el gimnasio.
Y luego, la misma voz... pero si el gimnasio te da más ganas cuando entrenas Jiu-Jitsu,
si enfrentar ese miedo al ridículo te levanta, te fortalece, si hay estudios
que encuentran un alivio a la ansiedad practicando el arte suave.
Cuando estoy en clases, tratando de entender una
técnica o enfrentando ese miedo al suelazo, solo estoy ahí, en el momento
presente. El estrés no puede acompañarme, tiene que esperar en la mochila. Las
preocupaciones se callan, la tristeza se pierde, y solo estoy yo, tratando de
generar las sinapsis necesarias para entender lo que sea que muestra el profe. Y
encima, mi hija está suficientemente grande como para ir conmigo. Le guste o
no, tendrá que aprender a defenderse. Acepto.
Y de eso quiero hablar hoy: la importancia de buscar y
hacer cosas que te gusten de verdad, aunque te cuesten, aunque te salga mal,
aunque sientas que no eres para eso, o que ya estás mayor.
No se trata de volverte experto ni de ganar medallas.
Se trata de darte permiso para sentir placer en algo que no tiene que ser ni productivo
ni perfecto. Y cuando lo haces, pasan cosas interesantes, por ejemplo, que te
das un respiro del rol de ser útil todo el tiempo. El hobby puede traer un baño
de humildad liberador, en el que no hace falta ser el mejor o tener más
propósito que disfrutar de lo que haces en ese preciso momento. Y puedes ser el
peor, no importa.
Entrenas la resiliencia sin darte cuenta. Volver a
intentarlo después de fallar, después de sentir vergüenza o dolor, te hace más
fuerte para los problemas grandes de la vida. La tolerancia a la frustración se
construye en esas pequeñas batallas. El escenario del hobby no es el de la zona
de confort. Más bien, aquí estás para fracasar todas las veces que quieras, y
para aprender que no pasa nada, que la vida sigue, que vuelves a intentarlo.
Bajas la exigencia interna. Dejas de medirte por ser el
mejor, el más joven, el más fuerte o el más exitoso. Aceptas que el progreso
puede ser lento, torpe, hasta gracioso, ridículo. Y esa aceptación libera un
montón de energía que antes gastabas en criticarte. Termina siendo un descanso
glorioso para el ego aferrado a una representación propia que puede ser muy
exigente.
Y en ese momento, presente, recuerdas que vives. Hay
una gratificación pura en hacer algo solo porque te prende el alma, sin que
tenga que servir para un objetivo mayor. Ese placer sin agenda es medicina para
el cuerpo y para el ánimo.
Puede ser Jiu-Jitsu, puede ser pintar, las clases de
baile que tanto querías tomar, aunque tus compañeros sean adolescentes y tú ya
tengas hasta nietos, tocar guitarra desafinada, o lanzarte a audicionar para un
musical, escribir un libro que tal vez nadie va a leer, caminar por el bosque
aunque llueva, cocinar algo nuevo aunque te salga feo. Lo importante es que te
mueva algo adentro, que te saque una sonrisa mientras te enfrenta a miedos
inútiles que solo te frenan, que te dé ganas de volver, aunque te vaya pésimo,
porque el punto, al menos aquí, en el hobby, no es ganar, sino ganarte,
vencerte, superar el miedo y disfrutar, aunque parezca ridículo, o sin sentido,
o muy difícil.
Entonces, pregúntate: ¿qué es eso que te gusta pero
que dejaste guardado por miedo a no hacerlo bien, por la edad, por la
vergüenza, por el qué dirán? No tienes que ser profesional. Solo tienes que
atreverte a empezar de nuevo, o a empezar de cero.
Porque al final, lo que nos mantiene vivos y en
desarrollo no es ser expertos en todo... es atrevernos a hacer lo que nos
mueve, aunque sea con torpeza, con 46 años o con 60, con o sin talento aparente,
y con todo el corazón. Dale. Prueba. Encuentra eso en lo que no te importa
fracasar, porque lo disfrutas igual. ¡Ánimo y suerte!
